En estos momentos convulsos es difícil no tirar de ética o filosofía en cuestiones que tienen que ver con unx mismx y su trabajo, claro. Hace un par de meses que me ronda la pregunta de qué papel juega la cultura cuando se vive una guerra, ¿tiene cabida o la lógica es que ni se piense en ello? Como decía mi profesora de ética política, en épocas de hambruna la sociedad no grita para pedir derechos, pide pan. Es imposible no decir esto sin recordar aquella imagen de un niño gazatí golpeando el suelo y tragando un puñado de arena.
Lo primero que cae con una crisis es el presupuesto en cultura, y sabemos que en breve, caerá. Entonces, ¿tiene sentido seguir intentando crear proyectos ahora mismo? ¿No sería más sensato adelantarse y cambiar de trabajo? ¿Tiene valor el arte en los periodos deprimidos de nuestra historia? Esta respuesta apareció una y otra vez en un viaje Madrid en el que pude ver varias exposiciones de Photoespaña y alguna otra que me interesaba. La primera respuesta fue de la mano de Lotty Rosenfeld con la exposición «By Pass» en el Círculo de Bellas Artes. Esta mujer ejerció su acto de oposición política mediante intervenciones en el pavimento en lugares próximos a instituciones que representaban los ejes del poder durante la dictadura chilena de Pinochet. La segunda respuesta fue de mano de la obra de Joel Meyerowitz (premio Photoespaña 2025), en su exposición «Europa 1966-1967» en el Centro Cultural Fernán Gómez, se puede ver 200 fotografías del viaje que emprendió durante un año por 10 países europeos diferentes y que permiten apreciar cómo fue aquel momento de cambios para todo un continente. La tercera respuesta fue de mano de Espe Pons, “Flucht. Las huidas de Walter Benjamin”, en la Librería Blanquerna, el cual, a través de fotografías, relató cómo fue aquella persecución, aquel camino al exilio del filósofo Walter Benjamin consumido por el miedo, el horror y la ausencia en su huida del fascismo. La cuarta respuesta fue en el Ateneo de Madrid, de Rui Ochoa “Rui Ochoa 74-99”, que narraba la antesala de la Revolución de los Claveles a través de sus fotografías. Y finalmente, en el Instituto Cervantes, leyendo las cartelas que explican qué representa el dibujo y dónde se sitúa el arte para Paco Roca, que tan bien ha sabido darle voz a los silenciados en sus obras de narrativa gráfica, reconstruyendo un pasado borrado por los vencedores.
Todas estas pequeñas pistas han formado una frase con cierto sentido en mi cabeza: el arte como arma de guerra. Y es una frase de doble filo, por un lado, porque podemos entender esa narrativa, ese discurso de forma objetiva, como un elemento documental que nos aproxima a la verdad. Y por otro, como una herramienta puesta a favor del engaño y la manipulación por parte de un grupo de poder, sea el que sea. Y es precisamente ese carácter humanístico del arte, el que apela a los sentimientos, a las emociones, a ese carácter subjetivo de la percepción lo que lo convierte en una herramienta perfecta en los mecanismos de control y propaganda.
Esta dualidad en el sector requiere de un punto de inflexión para el creador: ¿cómo reaccionar? Tenía un profesor en la asignatura del valor del arte que recalcaba la importancia de que un buen artista es aquel que sabía reflejar en su obra la realidad de su tiempo. Y quizás en todo lo que creamos, debemos tener puesto ese punto, tomar postura, ser parte ahora para conseguir el futuro que queremos.







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